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Gonzalo de
Berceo es comúnmente considerado como el primer escritor de
nombre conocido de la literatura castellana. Julio Cejador, en
Historia de la lengua y literatura
castellana (tomo I, 1.ª parte, págs.
240-41) nos mostraba su método de trabajo: |
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Sobrino, nieto y yerno de reyes, el Infante Don Juan Manuel ha pasado a la historia de la literatura hispánica como el primer escritor moderno. ¿El motivo de tal consideración?: Es el primer escritor medieval que se reserva para sí mismo la condición de "auctoritas" que hasta ese momento sólo ostentan los Antiguos y los Padres de la Iglesia. ¿La prueba?: Manda depositar y conservar la totalidad de sus escritos en el monasterio de Peñafiel, para que los copistas no alteren lo que él ha creado, y de este modo alcancen la posteridad mediante los atentos cuidados de una comunidad religiosa que, no casualmente, vive gracias a sus donaciones. Medida de ataque defensiva y original, sólo asequible para muy pocos, y que es, además, una apropiación en toda regla del fruto del patrimonio cuentista del "Oriente" (India, Persia, Arabia, Mahgreb) y del "Occidente" ("auctoritates"). Muchos investigadores han estudiado el origen de las historias que Patronio cuenta al Conde Lucanor, muy pocos han sacado las conclusiones de este acto vindicativo del trabajo individual, realizado a expensas de un inmenso y prolongado esfuerzo colectivo. |
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Mientras su fiel amigo Boscán traduce impecablemente el Cortegiano de Castiglione, Garcilaso de la Vega, entre batalla y asalto, entre guerra imperial y querella amorosa, traslada y recompone los mejores versos de Petrarca, de Sannazaro o de Ovidio. Il dolce stil nuovo llega a la península de la pluma de ilustres y generosos "tradittores": los sonetos a Laura se trocan en sonetos castellanos, lo nunca oído ni leído en lengua castellana. Garcilaso muere heroícamente y da a luz a la Edad de Oro de la literatura castellana, estableciendo dos ideales: el del perfecto caballero y el de la lengua en su modalidad más "clásica". Infinidad de escolios, imitadores, sonetos a Filis beberán de las aguas de Salicio, Nemoroso y la Flor del Gnido, desembocaduras todas del omnipresente mar petrarquista. Los pactos entre caballeros no entienden de cuestiones de propiedad intelectual, aunque haya algún contemporáneo que manifieste su desacuerdo: Descubierto se ha un hurto de gran fama/ del ladrón Garcilaso que han cogido/ con tres doseles de la Reina Dido,/ y con cuatro almohadas de su cama./ El telar de Penélope, y la trama/ de las Parcas, y el arco de Cupido,/ dos barriles del agua del olvido,/ y un prendedero de oro de su dama./ Probósele que había salteado/ diez años en Arcadia, y dado un tiento/ en tiendas de Poetas Florentines./ Es lástima de ver al desdichado/ con los pies en cadena de comento/ renegar de Retóricos malsines. (Anónimo del S. XVI, citado Por el Dr. Rubén Soto Rivera en Otras fuentes del soneto XI de Garcilaso de la Vega) |
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Durante mucho tiempo, un gran número de estudiosos ha considerado que el origen de los Ejercicios Espirituales de Ignacio de Loyola no se encontraba en la inspiración del fundador de la Compañía de Jesús, sino en la obra del Abad de Montserrat, García Jiménez de Cisneros, Ejercitatorio espiritual. Esta obra a su vez, sin mayores pretensiones de originalidad, recogía, ampliaba y citaba partes de otros textos de meditación ascética y teológica, como "De spiritualibus ascensionibus" de Gerard Zerbolt de Zutphen o el "Rosetum exercitiorum spiritualium" de John Mombaer. Así y todo, ya en 1641, un cierto Don Constantine Cajetan (probablemente un pseudónimo) publicaba en Venecia un libelo en el que acusaba de plagio a Loyola, imputación contestada por otro texto belicoso del jesuíta Jean Rhos. La Iglesia de la época no permitía en exceso la crítica filológica cuando rayaba la teología, por lo que ambos textos fueron incluidos rápida y salomónicamente en el Índice de libros prohibidos. Toda la polémica parece deberse a la rivalidad creciente entre Benedictinos y Jesuítas, y tras unas muy probables maniobras diplomáticas, también en 1641, la comunidad benedictina resuelve desvincularse en Rávena del autor de la acusación. Desde entonces, la doctrina católica referente a este asunto parece indicar que la Iglesia en materia de Teología no concibe grosso modo la posibilidad de plagio, ya que se presupone una única Verdad (revelada) y un único y común Inspirador para las reflexiones de los teólogos. De este modo, un autor cristiano que permanezca dentro de la Ortodoxia Universal (catholica) no debería practicar más que el "plagio creativo"; y la originalidad sólo debería afectar a la disposición de materiales ya aceptados previamente... Obviamente, la crítica filológica laica prefiere ver una influencia considrable y, sobre todo, necesaria de la obra del Abad de Montserrat sobre los Ejercicios Espirituales. Máxime, si se tiene en cuenta las sólidos indicios de que Loyola conocía bien la escuela de la Abadía, donde se había recogido para orar y meditar en 1522. |
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Hijo de judíos, juez y crimininal, conquistador y pícaro, colono y escritor a sueldo; desengañado y embaucador profesional, poco más sabemos de este autor, padre putativo del Guzmán de Alfarache. A pesar de, o precisamente por ser un retrato nada complaciente de la sociedad de la época, la novela fue todo un éxito de ventas, hasta el punto que en el Archivo de Indias, se conoce la novela como simplemente "El Pícaro". Tanta fama le trajo imitadores, sobre todo por titular Primera parte de Guzmán de Alfarache (1599), lo que pedía a gritos una continuación, cosa que hizo un tal Mateo Luján de Sayavedra en 1602, para gran disgusto del padre burlado. Ahora bien, en la venganza contra el plagiario, Mateo Alemán empleará las mismas armas del pícaro impostor. "El verdadero Autor" advierte al atrevido, en el prólgo de la Segunda parte (tercera de la serie colectiva): "Sólo nos diferenciamos en haber hecho él segunda de mi primera y yo en imitar su segunda. Y lo haré a la tercera, si quisiere de mano hacer el envite, que se lo habré de querer por fuerza". Veladas amenazas que se harán más explícitas en el transcurso de la novela donde aparece como personaje el plagiario, Mateo Luján, un ladronzuelo que enloquece y se ahoga en el mar. Así las gastaban en el Siglo de Oro. Una lección merece ser retenida: El plagio perfecto, como toda madurez literaria, requiere el asesinato del autor plagiado. Mateo Alemán, con clarividencia le gana la mano al pícaro aficionado, y lo calla para siempre. |
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A Don Miguel de Cervantes los
teóricos y críticos literarios le suelen dar el
título de Padre de la Novela (moderna,
suelen puntualizar los estudiosos no españoles). Padre
indefenso con más de un vástago no deseado,
Don Miguel mantiene una relación un tanto conflictiva con
el plagio. Como hecho más significativo se señala
periódicamente que la continuación ilegítima
del Licenciado Avellaneda, no desmerece del todo a su antecesora.
Algún atrevido incluso apunta que determinados pasajes son
más divertidos que los del orginal. Otros, con cierta
malicia, señalan por su parte modelos
italianos inconfesables para el que los hagiógrafos
consideran el mayor orgullo de las letras hispánicas. La
historia es de todos conocida: |
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La rivalidad tantas veces mentada entre Luis de Góngora y Francisco de Quevedo podría haber tenido origen en los primeras composiciones de este último que imitaban o parodiaban los poemas del andaluz. En cualquier caso, con pseudónimo (Miguel de Musa) o no, parece que Góngora detectó rápidamente al joven insolente que minaba su reputación y adquiría fama a su costa y decidió "ponerlo en cintura" con una serie de poemas burlescos, y su consiguiente réplica quevediana, que fue subiendo de tono y que se prolongó durante veinte años y que no terminaría hasta la muerte de Góngora, que amonestaba de este modo a Quevedo por sus hurtos literarios : Musa
que sopla y no inspira (Citado
en Francisco de Quevedo (1580-1645) de Pablo
Jauralde Pou, Castalia, Madrid, 1999, pág. 906-907) |
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Nadie
lo había dicho antes tan claro. Y por eso hacemos una
excepción, nos escudamos en su origen uruguayo y lo
incluimos a hurtadillas en la lista de los plagiarios ilustres
hispánicos: "El plagio es necesario". Frente al
mercantilismo del arte burgués, Lautréamont, el
conde impostor, no se limita como otros a predicar y después
pasar la cuestación por la homilía dada, el platense
afrancesado pasa de la tésis
a la práxis
vía la antítesis
de sus predecesores más ilustres. Así donde
Pascal afirma: |
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Era Leopoldo Alas, además de azote
de pedantes y clerizoides, de timoratos y castizos puritanos, un
jurista disciplinado, así como un moderado partidario
de las innovaciones y del progreso,
tanto social como literario; progresista sí, pero
dentro de un orden. Considerando su trayectoria biográfica
desde esta perspectiva, no es difícil percibir una
continuidad entre su postura ante las cuestiones políticas
y morales, y su evolución dentro del ruedo de las letras
del siglo XIX. Educado polemista, Don Leopoldo siempre
parecía sorprendido por el alboroto de las conciencias
fariseícas. Quienes lo tachan de inmoral y anticlerical no
consiguen más que unas líneas de respuesta, pero,
ay, cuando lo llaman plagiario, Clarín resuena, clama,
brama, quizá demasiado... El parecido traiciona la
ascendencia flaubertiana. No es bastarda, que legítima es,
se defiende el jurista. Clarín refuta punto por
punto, pero lo hace como nunca se debe, con la sangre caliente de
indignación, sin la serenidad que requiere la Ley. Se
defiende:
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El vate gallego, hispanohablador universal, tenía
por costrumbre apoderarse de las expresiones que encontraba a su
paso en libros, ambientes bohemios y criollos. Como genial
afrancesado hizo suyo los galicismos simbolistas, algún que
otro verso de Mallarmé y mucho Baudelaire y mucho Vrelaine,
como bohemio dejaba al malogrado Alejandro Sawa escribir los
artículos mundanos con los que se ganaban la vida ambos. ¿Podía ser raro que Valle hubiese aprovechado textos ajenos? En manera alguna. Aunque haya sido interpretado de manera parcial, hay que recordar que ése era el sistema de trabajo de Valle. Las denuncias de Julio Casares siguen en pie como tales testimonios, aunque no puedan ser válidas como acusación a palo seco. Pero demuestran palpablemente que Ramón del Valle Inclán no era hombre entregado totalmente a la fabulación imaginativa, sino que era libresca su inspiración, ante todo y sobre todo libresca. Vivía inmerso en literatura, en literatura ajena, añadamos. (...) Así se le pudo echar en cara Casanova y D'Annunzio para las Sonatas, y Merimée para Un cabecilla, cuento de Jardín Umbrío. Una obra de tanta y tanta proyección novelística como Tirano Banderas marca el sumo de la perfección en el aprovechamiento de las fuentes ajenas: las Crónicas de Toribio de Ortiguera y de Francisco Vázquez, (...). La marquesa Rosalinda fue puesta en sus días en estrecha relación con farsas francesas. Es abrumadora la presencia de hechos literarios en La enamorada del Rey, y está aún por señalar hasta dónde llegan las Memorias de la marquesa de Espoz y Mina, o La Estafeta de Palacio, de Bermejo, para las danzas y contradanzas de El Ruedo Ibérico. ¿O es que no se debe interpretar como «plagio» el que en una situación más o menos patética de Tirano Banderas se reciten versos de Espronceda como propios? (Valle Inclán, novelista por entregas, págs. 55-57) |
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Quizás no haya odio más mezquino
que el que se produce entre poetas. Ya José Agustín
Goytisolo advertía que los poetas alternan los palacios
lujosísimos con las alcobas más oscuras de
los bajos fondos. Odio ruín, como el que se
profesaban don Luis de Góngora y don Francisco
de Quevedo. Rivalidades poéticas que se entremezclan
con el ámbito personal o político. Odios que nacen
de amores o de admiraciones caducas, como Elena Garro cuando
intentaba publicar bajo la sombra constante de su ex-marido
Octavio Paz. Desprecio del hermano mayor al pueblerino
advenedizo, contra el paysan parvenu,
como García Lorca condescendiendo con Miguel Hernández.
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Nieta de don Antonio Maura e hija del Duque de Maura,
doña Julia escribía natural y habitualmente en el
ABC de la primera
posguerra. Su nombre aparece a menudo citado no ya como una de las
pocas dramaturgas españolas del siglo XX, sino como una
verdadera precursora en un mundo de las letras que era
tremendamente machista en la España de la década de
los 40 y de los 50. Sacudiéndose
la abulia Aunque la autora negó las acusaciones, la dirección de ABC prescindió de sus servivios y Maura perdió su prestigio literario. Luchadora infatigable, la autora todavía publicó una antología de artículos con el título vindicativo (aunque delator en el uso del posesivo excluyente) de Estos son mis artículos. En este libro se incluye una defensa de la "Lógica y necesidad del plagio", donde la autora desarrolla el tópico de la originalidad como labor análoga a la de la abeja que de, flor en flor (de autor en autor), recoge la materia a partir de la cual producirá la miel, conocidísimo adagio que podemos encontrar ya en Séneca, en Cicerón o en Horacio. La autora no lo niega e incluso lo revindica en un evidente espíritu lautremontiano: "Solamente yo he tenido, cuando me he lanzado a plagiar, de hacerlo a cara descubierta, con nobleza sin disimulos, con la fidelidad del calco. Pero tiene su explicación. Yo he plagiado por convencimiento." En cuanto a las motivaciones y la justificacion de su proceder, añade : "A mí me pareció que la única manera posible que yo tenía de parecerme algo a los genios era plagiar de vez en cuando como ellos. Y lo hice". Y puntualiza, con un candor que conmueve y sonroja por igual: "Pero por excepción. No vayan a creer que eso va aconstituir en mí una costumbre." No es de extrañar, pues, que conservase la amistad o la gratitud hacia Martínez Remis, del cual prologaría un libro en 1958.
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Aunque ya se había puesto en duda la completa
originalidad de los procedimientos narrativos utilizados por el
escritor mexicano (la influencia faulkneriana en La
Muerte de Artemio Cruz y de Henry James o
de James Joyce para otras obras), la acusación más
grave -en este caso, de plagio- contra Fuentes, la pronunció
el escritor también mexicano Víctor Celorio en 1995.
Según Celorio, pueden encontrarse en la obra firmada por
Fuentes Diana o la cazadora solitaria
(1994) unas 110 coincidencias textuales,
amén de varios personajes excesivamente similares a los de
la obra de Celorio titulada El unicornio
azul, escrita en 1985, pero difundida en
una tirada reducida a costa del propio autor. |
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Las
acusaciones de plagio se precipitan donde menos se las podría
esperar. Si ser un autor consagrado parece asegurar el adagio in
dubio pro reo, y las grandes figuras, como
Camilo J. Cela, no suelen ser condenadas por
este delito infamante, parece ser, no obstante, que la notoriedad
de los escritores es precisamente el factor decisivo para que se
levanten las sospechas de delito. En resumidas cuentas, ¿qué
interés puede se puede tener en reclamar los daños y
perjuicios correspondientes a una publicación oscura y de
escasa tirada? |
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No tienen suerte los traductores de Shakespeare en España. Si ya a Shakespeare sus sucesores immediatos se entretuvieron en buscarle modelos, fuentes y en restarle méritos por haberse apropiado de argumentos ajenos y de algún que otro verso, los traductores del dramaturgo inglés hacia el español, se han visto salpicados ininterrumpidamente por las acusaciones de plagio. El último de la lista fue el genial novelista y gastrónomo barcelonés, condenado judicialmente por apropiarse de la traducción ajena para la suya de Julio César, a principios de los ochenta. Lo que acabó por condenar a Vázquez Montalbán, fue el descuido en borrar las pistas: en su traducción se reproducían las mismas omisiones de una traducción anterior de M. A. Pujante, como lo explican muy bien, R. Portillo e I. Guijarro de la Universidad de Sevilla, en el Atlantis Journal. El caso levantó polémica, y sirvió para cimentar la consideración de las obras derivadas (aquí traducciones) como detentoras de unos "derechos autónomos", sentando jurisprudencia y sirviendo, dada la celebridad del condenado, como escarmiento público para una práctica todavía habitual en el mundo editorial español (no hay más que comprobar el todavía alto número de traducciones anónimas publicadas cada año en España, por ejemplo, por no mencionar el caso extremo de Hispanoamérica). La traducción en cuestión fue retirada del mercado, así como de la bibliografía del escritor. |
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El plagio perfecto, literal, el plagium
crassisimum del que hablaban Thomasius y
Reinelius, es, en realidad, relativamente infrecuente. La glosa y
la paráfrasis parecen instrumentos más
idóneos para el potencial plagiario -el
escritor del que se presume una intención fraudulenta
(es decir, hacer pasar por suyos los escritos ajenos)- que
la mera copia verbatim. Y
si, por un lado, resulta innegable que las Nuevas Tecnologías
de la Información han multiplicado
exponencialmente las posiblidades de (re)apropiación
textual; por otro, estas mismas herramientas permiten rastrear más
rauda e infatigablemente que nunca las similitudes formales
entre dos textos cualesquiera. |
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La frontera entre el derecho a la información,
a transmitir los conocimientos, y la Propiedad Intelectual es
motivo de controversia desde hace más de tres siglos.
Ya a principios del siglo XVIII, los académicos franceses
lograron retirar de la circulación un diccionario que
mejoraba una edición anterior de la Academia que había
permanecido sin continuación durante más de tres
décadas. ¿A quién pertencen las definiciones
de las palabras? ¿Y los hechos históricos? ¿Quién
tiene derecho a saber -o a comunicar- quién fue
Pericles con detalle, o cuál
es la fórmula de la vacuna de la malaria? |
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El célebre escritor barcelonés ha
alcanzado un merecido prestigio gracias a su labor cuentística,
la cual le ha valido el calificativo de "Raymond Carver
catalán". No obstante, en su obra compagina la ficción
con el trabajo periodístico, y es en este campo donde se ha
puesto en duda la originalidad de sus artículos de opinión.
En 2001 fue acusado de plagiar en los artículos que
publicaba semanalmente en el Magazine de
La Vanguardia a
otros artículos, publicados con anterioridad en
diversos diarios internacionales. Parece ser que la inspiración
buscada en la red se convirtió a veces en mera traducción,
según la opinión de Paul-Hervé Paquet, el
lector que denunció los plagios. Las fuentes de Monzó
era fundamentalmente el Courrier
International (mensual que recoge
extractos de diversas publicaciones internacionales). |
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No
están exentos de polémica los presentadores que
publican libros. Se les reprocha el querer únicamente
diversificar los beneficios de su popularidad televisiva, y
carecer de verdadera vocación poética, de
oportunismo, de comprometer la pureza de una profesión
intrínsecamente vocacional. A estos fariseos de la crítica
no sería difícil demostrarles que, sin tener que
invocar los nombres de Dickens, Balzac o Dumas sénior,
desde hace ya bastante el ánimo de lucro mueve
mayoritariamente la maquinaria editorial; y que las ventas de
libro no dependen exclusivamente de las cualidades objetivas (si
así se las puede calificar) del texto. |
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Las
acusaciones de plagio pueden volverse contra los denunciantes,
como les sucedió a la revista Interviú y al
periodista José Calabuig que en un reportaje señaló
la presencia abundante de versos de William Blake, Pere Gimferrer,
Alejandra Pizarrnik y sobre todo de Antonio Colinas
(Sepulcro en Tarquinia,
Preludios,
Astrolabio, Noche
más allá de la noche) en la
Estación de Infierno
de la autora de Bermeo. En septiembre de 2001, Etxebarría
presentó una denuncia contra la revista por injurias.
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Ya
comentaba La Fontaine lo difícil (y hasta
desaconsejable) que es en el apólogo o en la fábula
pisar fuera de la senda trillada. Iriarte imitó a La
Fontaine, imitado por Iriarte y Samaniego, que emuló a
Fedro que trasladó las historias de Esopo que se inspiró
en las tradiciones orientales (persas, hindúes y un largo
etcétera). Los apólogos suelen atribuir una
sabiduría inmemorial y universal a las enseñanzas
morales que ilustran, luego es completamente coherente y hasta
esperable que se inspiren en el patrimonio común de todos
los pueblos. El problema aparece cuando se quieren dilucidar los
méritos artísticos o distribuir, desde una
perspectiva más prosaica, los beneficios económicos.
Así, Paulo Coelho ha optado por la técnica del
pastiche del relato
zen o zoroástrico, y libros como ¿Quién
se ha llevado mi queso? -antes utilizada
por Samaniego, Don Juan Manuel y el
Arcipreste de Hita- no pretenden
más que una simple inversión de la fábula del
"Ratón de campo y el ratón de ciudad",
puesta aquí al servicio de la "Nasdaq
way of life". |