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A la fotografía le
llevó más de un siglo alcanzar los títulos de
nobleza necesarios para acceder al Parnaso de las Bellas Artes. Entre
otros muchos agravios -frialdad mecánica, parasitismo, capricho
burgués- se le reprochaba su probre estatuto de mera copia, de
plagio, de reproduccion impersonal y, por lo tanto, carente de
cualquier resquicio de genio artístico y, por consiguiente, de
originalidad. El hecho de que modalidades fotográficas
más utilitarias, entre las que se encuentra la
instántanea y el fotoperiodismo, sean hoy día
consideradas como producciones merecedoras de una contemplación
estética, este fenómeno, el cual por paulatino, nos
ha llegado a parecer natural, no hace sino confirmar la
sacralización de la mirada, de la actividad de los espectadores
como la puerta de acceso a la condición de obra de arte.