Fénomenos Conexos y Desafíos
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Una nueva forma de
entender la propiedad intelectual se ha traducido en tipo de contrato
de propiedad intelectual inédito en el mundo jurídico.
Frente al imperio del
copyright © y de su correlato la
marca registrada ®,
entidades jurídicas y contractuales que implican una
conceptualización del bien cultural en cuanto mercancía,
y priviliegian una concepción "fuerte" de los derechos de autor,
ha surgido, en la última década una nueva modalidad
jurídica, que asume la relatividad de los derechos del autor
frente a los del público o de otros creadores. De este modo, en
lugar del cásico "queda prohibida la reprducción parcial
o total, etc.", aquellos artistas y ceadores que han escogido estos
nuevos tipos de "licencias", permiten la reproducción, la
difusión o incluso la utilización de sus obras,
normalmente cuando no se utilicen con ánimo de lucro y siempre
que se cite el origen de los fragmentos u obras utilizados.

La contradicción con el copyright tradicional
es sólo aparente. El artista/ autor no renuncia en ningún
momento a la paternidad de la obra, es decir, guarda intacto sus
derechos de autor. En cualquier caso, ningún autor, tras la
Convención Universal, puede renunciar o
ceder la paternidad de una obra de creación intelectual,
incluso si firma un contrato de cesión o nunca llega a registrar
la obra en el Registro de la Propiedad Intelectual). En este
último aspecto, el copyleft se diferencia del mucho
más radical
copyfight.
Entre los contratos jurídicos que se acogen a
la modalidad genérica de Copyleft, el más conocido es el
que ha sido difundido por la organización
Creative Commons.
Ésta ha elaborado varios contratos-tipo de para licencias de obras artísticas o intelectuales,
según el grado de "apertura" de la obra, la posibilidad de
reproducirla, alterarla o generar nuevas obras con ella. Es, sin lugar
a dudas, el contrato de copyleft más popular en la actualidad.
El copyleft ha alcanzado una amplia difusión
en el ámbito de la música y del software. En el mundo
literario su acogida ha sido más moderada. Si bien es cierto que
numerosos blogs se han acogido a este tipo de protección, y que
el blog (según sus partidarios más acérrimos)
va camino de convertirse en un nuevo género literario,
pocos novelistas, por ejemplo, prefieren esta nueva concepción
de propiedad artística. La excepción que ha logrado
paradójicamente un gran éxito de ventas (nº 1 en los
best-sellers de su país de origen, Italia) ha sido la novela de
Luther Blisset,
autor colectivo que
logró imponer a la editorial Einaudi
, Q, una novela que se puede
"fotocopiar, escanear, transmitir a través de cualquier
medio electrónico". La historia de este acontecimiento (y su
continuación hispana, para su traducción, que ofrece
también estas posibilidades de difusión libre)
está contada con detalle en
la página del grupo, que ha cambiado su nombre a
Wu Ming con la llegada de un nuevo miembro.
El la validez de las licencias de copyleft ha sido
confirmada por sentencias en España, y está reconocida en
varios países de América Latina, como, por ejemplo,
Chile. El principal escollo que deber resolver esta modalidad de
licencia radica en la salvaguarda del denominado Derecho Moral de Autor
(que es, para el autor, el derecho, por ejemplo a la integridad de la
obra, a retirarla del público o incluso a destruirla) derecho
que según la tradición europea y la Covención
Universal, no es alienable, ni tiene límite temporal.
Difícilmente se puede ejercer el Derecho Moral, cuando el autor
ha perdido el control sobre la obra (cuando forma parte, por ejemplo,
de la obra de otro autor).
- Ediciones "piratas" y traducciones no autorizadas
La
transmisión de obras impresas por cauces fuera de la legalidad
es una práctica de larga duración en la historia
del libro. Las primeras ediciones ilegales intentaban burlar el
"sistema de privilegios" o la censura civil o eclesiástica.
Así, por ejemplo, debido a que todas las obras que se importaban
en América debían pasar por la Casa de
Contratación de Sevilla y abonar las correspondientes tasas, sin
olvidar el temor a la actividad del Santo Oficio, durante varios siglos
un gran número de obras fueron introducidas en el
Nuevo Continente de contrabando, impresas en Amberes o en
cualquier otro
lugar donde la censura fuera o los impuestos fueran más
livianos. Además, una edición "pirata"
tiene la gran ventaja de no necesitar la autorización del autor
de la obra. La historia de la literatura está llena de casos
donde el autor se ha visto obligado a acelerar la publicación de
una obra al observar que circulaban versiones apócrifas, o de
obras póstumas robadas a los herederos legítimos de los
derechos de autor. Las ediciones clandestinas son moneda corriente (y
necesaria) en los países donde la libertad de expresión
está restringida.
El principal inconveniente de las
ediciones ilegales reside en la frecuente
"eliminación" del factor "autor" en el proceso de
publicación. La obra queda sin garantías, sin nadie ni
nada que responda por la autenticidad o la integridad del texto. Un
editor desapresivo podría suprimir o alterar pasajes sin que el
lector lo advierta o pueda recomponer la lección original. De
todas formas, en la actualidad, la publicación en los
países industrializados está bastante bien controlada, y
la adopción generalizada del sistema de ISBN, disuade en general
este tipo de publicaciones, condenados a unos circuitos marginales.
Las traducciones no autorizadas representan un caso
especial. Cuando no se explicita que se trata de una versión de
un original en lengua extranjera, nos encontraríamos
(legislación en mano) ante casos de plagio.

Dicen que el término "negro", de indudable cariz peyorativo, se
empezó a emplear en tiempos de Alejandro Dumas Sénior,
mulato para más señas, que acostumbraba, y era de dominio
público, a "subcontratar" a determinados escritores para sus
folletines de "encargo". Estos auténticos best-sellers de
la literatura del siglo diecinueve contaban con colaboradores
anónimos, entre los que, se rumoreaba, se
encontraban autores de la talla de Gérard de
Nerval. Que el fenómeno existía con anterioridad es
indudable, y poco cuesta imaginar a un liberto ateniense
proveyendo la famosa lira del emperador Nerón.
Las relaciones entre los "negros" y el plagio son
múltiples, no sólo desde la perspectiva de que un autor
plagiado no es más que un negro involuntario, sino
también porque ambos fenómenos implican una
lejanía entre el texto y el nombre propio que asume la
producción textual. Así con frecuencia, se ha producido
la paradoja de autores que han recurrido a la labor de los "mercenarios
de las letras" (como se les llama en ocasiones) se han visto dar gato
por liebre, como ha sido el caso reciente de más de un "famoso"
con vocación tardía por la literatura (ver sección
de
Plagiarios Ilustres).
Muchos son los autores que han ejercido este oficio
no tan insólito, si hemos de creer los testimonios de los
profesionales del mundo editorial y las confesiones de bastantes
escritores. La lista de "negros oficiales" es larga y en ella
abundan, lo cual no es nada sorprendente, las mujeres o amantes de
escritores de prestigio: Paul Auster, George Sand,
María de la O Lejárrega (esposa de Martínez Sierra), J. J. Millás, A. Trapiello, Carlos Luis Álvarez (Cándido)...
Hoy en día,
liberalismo oblige, hay incluso empresas que ofrecen los servicios de "negros" con toda la naturalidad de una empresa de mercado, como la
Editorial Premura,
y muchos autores ya no se avergúenzan de haber colaborado en las
obras ajenas. Así, recientemente, con ocasión de la
publicación de la primera novela firmada con su nombre,
Manuel Manzano ha afirmado que había escrito previamente otras dos por encargo.
El anuncio no parece haber perjudicado precisamente la promoción
de su libro, aunque, por otra parte, para gran decepción de los
curiosos, al ser Manzano un buen profesional, no ha revelado el
nombre de sus clientes.

Algunos críticos y especialistas en Literatura como Bakhtin han
llegado a afirmar que cualquier texto literario en tanto que acto
sociolingüístico es intrínsicamente una
creación colectiva. Borges (en el relato "El inmortal") no ha
sido el único que ha supuesto una cadena de aedos
homónimos escondidos tras el nombre poco fidedigno de Homero.
Otros se empeñan en creer, acaso con estrechez de miras, en
la identidad entre el autor de la
Iliada y el de la
Odisea.
Quizá esto sea debido a que la "genialidad" compartida es menos
genialidad, y para algunos lectores y críticos, la "muerte del
autor" es una idea que se puede asumir cuando se lee a Barthes, pero
no, paradójicamente, cuando se practica la narratología
(cfr. al respecto, la opinión de G. Genette sobre la "evidente"
existencia de un Homero individual y "genial", en
Palimpsestos).
Desde un punto de vista estríctamente
semiótico, todo plagiario, en resumidas cuentas, al igual,
aunque en menor medida, que el escritor que recurre a la
(legítima) cita -o incluso aquél que subemplea a "
negros"-,
convierte su texto en una obra colectiva, como le recordaba con fina
ironía Derrida al lingüísta Searle, en su
célebre disputa, recogida parcialmente en
Limited Inc.
El responsable final del texto no es, en ningún caso, el
escritor plagiado o citado, como tampoco lo es el citador/plagiario,
sino una instancia virtual que los engloba y que no puede ser resumida
en la suma de ambos (o más) autores, como los justicieros de
Fuenteovejuna o de Asesinato en el
Orient Express. Para Derrida, toda obra colectiva constituye una
<<Sociedad a Resposabilidad Limitada
>>.
La obra colectiva, pues, presenta un autoría difuminada que no
acaba de encajar en el mundo literario de la Modernidad (la era
post-Gutemberg), basada en un régimen jurídico
individualista y exclusivo. Quizá por eso, las obras a cuatro (o
más) manos no han dejado ser o un trabajo marginal, o un
divertimento sin (aparentes) mayores pretensiones, como los
Problemas para Isidro Parodi [1948]
, de
Bioy Casares y J. L. Borges. El teatro y los guiones
cinematográficos parecen ser una excepción, posiblemente
debido al modo de producción propio de ámbos
géneros, y han producido verdaderos tándems y equipos de
renombre, más allá de los hermanos Quintero o de R.
Azcona y J. Berlanga, por no dar más que dos ejemplos dispares.
Desde la Escolástica hasta la época
dorada de la Retórica (Renacimiento y Barroco), el empleo de
fórmulas basadas en la inserción del texto en la
tradicción canónica y de los textos canónicos de
dicha tradición en el texto, la práctica totalidad
de las obras resultaban un producto colectivo, con pretensiones
acumulativas y teleológicas. El Derecho Moderno y su correlato,
la Propiedad Intelectual, así como el proceso de
revalorización de la figura del autor que culmina con el
Romanticismo parecían haber liquidado o condenado a la
marginalidad a unas práctivcas que parecen reincarnarse ahora en
la hipertextualidad, el blog como género literario, las novelas
en línea, los
fandoms, o el
copyfight,
que propugna la reutilización de materiales pre-existentes,
incoporando autores y textos a una literatura "socializada".

El fándom (angliscismo que podría traducirse por
"comunidades" o "espacios de fans") es sin lugar a dudas uno de los
nuevos géneros literarios más populares que han aparecido
gracias a la generalización del uso de Internet. Un
fándom es el producto ficcional creado por los fans de una obra
o serie de ficción. Los fan-autores se apropian de los
personajes, escenarios y argumentos para crear continuaciones
apócrifas en la más pura tradición de la
Hija de la Celestina o de la
Segunda Parte del Lazarillo de Tormes.
Puesto que vivimos en la cultura de masas, no es de extrañar que
las "fan-ficciones" más extensas y populares tengan como
protagonistas a personajes de series o de películas
norteamericanas.
Star Trek,
Sheena, la princesa guerrera,
La guerra de las galaxias,
El señor de los anillos o los
Simpsons
cuentan con toda una red de páginas de aficionados devotos que
completan las insuficiencias de la narrativa legítima y
tradcional. Los detentores de los derechos de autor no siempre aceptan
de buen grado estas colaboraciones espontáneas y no son
infrecuentes en los EE.UU. las demandas judiciales contra los
internautas que difunden o crean las "fan-ficciones". Así, Mark
Chamberlain, el autor de la ilustración de lo que sospechaban
desde hace bastante tiempo muchos de los seguifores de Batman y
Robin, responde en la actualidad de una querella por violación
de la propiedad intelectual y de la imagen de serie televisiva,
película, cómic y todos los productos derivados. En un
país donde las producciones intelectuales han sido
tradicionalmente equiparadas, en la doctrina jurídica, a bienes
mercantiles, el enfrentamiento resulta una vez más en una pugna
entre los partidarios del Código Mercantil y los que invocan la
sacrosanta Libertad de Expresión contenida en la quinta enmienda
a la Constitución.
Otras veces las partes enfrentadas llegan a un
acuerdo y las productoras compran los derechos sobre las obras
derivadas. De este modo se han incorporado nuevos guionistas e
historias al equipo de producción de obras que, en definitiva,
son producciones de por sí colectivas.
Desde el estricto punto de vista de la
producción textual, los textos producidos por y en los
fándoms se confunden con las continuaciones apócrifas y
paródicas de la literatura tradicional, las cuales vienen a ser
su reverso indicidualista e irreverente. Aunque nadie confunda al
Barry Trotter de
Michael Gerber con el
Harry Potter
de J. K. Rowling, es indudable que el éxito del primero
depende de la magnitud del público del segundo. El
carácter lúdico o paródico es la mjor
garantía de ese "esfuerzo creativo" que resulta el mejor
antídoto para las acusaciones de plagio. Una secuela "seria"
aunque femenina de Harry en Rusia ha concluido con la condena de su
autora "por las demasiadas similitudes" con el original
mediático y multinacional.
Lo que está en juego es el estatus
estético y no solo jurídico de las obras catapultadas por
el éxito al patrimonio imaginario colectivo de la humanidad
"post-mundialización". En contra de lo que es una
suposición mayoritaria, obras tan anónimas y reapropiadas
como el
Cumpleaños feliz,
están protegidas y recaudan regalías multimillonarias. El
paso del tiempo parece ser uno de los parámetros a de
consideración a la hora de determinar de qué se puede
apropiar un autor en la obra de otro. Nadie, sin embargo,
acusaría a don Miguel de Unamuno por tomarle prestado el Quijote
a Cervantes en su
Vida de don Quijote y Sancho.
Al parecer de los utópicos y optimistas, es
posible que los fándoms sean la primera andanada de una nueva
estartegia de lectura y escritura, democrática, comunitaria,
propiciada por la irrupción de las "Nuevas tecnologías".
Enfrente, sus detractores -tildados con frecuencia de
aristocráticos o plutócratas, plegados a una realidad
dictada por los intereses del Gran Capital- no los consideran
apenas sino como meros pasatiempos destinados a permanecer en los
catálogos forenses del
arte kitsch.
- Literatura Transformacional

La literatura transformacional no es el fruto reciente de las
escuelas de vaguardia del siglo XX. Ya a Ausonio, en la
Antigüedad, se le atribuía una composición procaz
compuesta por entero de versos tomados de Virgilio. En la Edad Media, y
desde los principios del Humanismo abundan en ejemplos de textos de
"cortar y pegar", la literatura de
centones, las reglas estrictas que determinaban la contienda y producción poética ('
tençó') entre los trovadores provenzales, entre los
payadores
gauchos que perviven en nuestros días, en los
pastiches, acrósticos, adaptaciones, parodias y un
largo, muy
largo etcétera.
La obra resultante
se impregna de un carácter ambiguo, dependiente y
autónomo de las obras-fuente. Esto se puede apreciar en este
fragnento de la página 98 de la edición de bolsillo de
Copyright, de J. Maronna y L. Pecetti, a medio camino de la humorada ramoniana y el
collage dadaísta de títulos :
"
Lo esencial es
invisible a los ojos, pero amar nunca tener que pedir perdón,
dijo el coronel Samsa, apodado el Corsario Negro por el anciano Tom
Sawyer, científico loco que planeaba hacer un viaje de la tierra
a la luna partiendo del lado de Guermantes. Pero ¿cómo
ganar amigos e influir sobre las personas?, le preguntó Gregorio
Buendía a Molly Bloom, la casera. Qué sé yo,
respondió ésta, mejor pregúntele a Emma Bovary, la
esposa del Dr. Jeckill, la pobre sufre porque su marido hace
monstruosos experimentos, y de noche se transforma en una asquerosa
cucaracha llamada Gregorio".
Un crítico de la Estética de la
Recepción afirmaría sin lugar a dudas que el exito de
este fragmento o del mismo Ausonio reside en el reconocimiento de los
"corpúsculos ajenos" -aquí, y por este orden:
El principito,
Love Story,
Cien Años de Soledad,
La metamorfosis,
de un personaje de Emilio Salgari y otro de Mark Twain, de una
alusión a Julio Verne y a un título de la serie de En
busca del tiempo perdido de Marcel Proust (hábil autor por
otra parte de una serie titulada
Pastiches,
al Ulises de J. Joyce, a la Mme Bovary flaubertiana y, para concluir, a
una novela de Robert Louis Stevenson-. No obstante, cabe preguntarse
sobre la legitimidad de un texto que ocultase sus fuentes, sobre
si sería considerado también una obra artística
autónoma aunque derivada.
La informatización de la cultura ha permitido
la aparición de nuevos instrumentos de re-escritura
combinatoria, muy superiores (en su dimensión
mecánica, meramente cuantitativa) a los
100.000 millones de poemas
de Raymond Queneau, y otros ejercicios del Taller de Literatura
Potencial (OuLiPo) parisino, a través de estos vínculos
se pueden ver ejemplos prácticos:
- Language Is a Virus,
interesantísma página, cuyo nombe proviene de una cita de
Burroughs, que permite realizar varias de los experimentos literarios
de dadaístas y oulipianos. Contiene, además, nuevos
juegos de "reescritura", "littérature à contraintes" y
manifiestos vanguardistas y textos fundacionales clásicos.
- ALAMO: Atelier de Littérature Assistée par la Mathématique et les Ordinateurs
(Taller de Literatura Asistida por las Matemáticas y el
Ordenador); de ascendencia oulipiana, difunde los principios de la
literatura transformacional en la red. Han desarrollado
"littéraciels" (literalmente "literogramas"), es decir,
programas especialmente diseñados para la transformación
y creación de textos literarios. (En francés).
- Generative Art.
Portal dedicado al arte (re)generado por ordenador, al software
de creación artística y literaria. (En inglés).
Como se puede apreciar en el ejemplo tomado de
Copyright,
y debido entre otras razones a los límites indecibles del
contenido poético-ficcional y el cosolidadación del
Pop-Art y del Post-Modernismo y del Pop-Art, las modalidades de la
literatura trasnformacional presentan un gran variedad. Ya descritas en
los manuales de retórica clásica, la
amplificatio y la
reductio (
lipodromas)
son técnicas habituales en las obras condenadas por plagio,
así como la intercalación de citas. La alusión, el
centón y su descendiente post-vanguardista el
collage
(estos dos últimos procedimientos son autorizados cuando las
citas no sobrepasan determinadas convenciones sobre su origen -se
suelen excluir los títulos- o su extensión -algunos
países lo codifican en función del número, siempre
menguante, de caracteres o de líneas) parecen menos
susceptiibles de levantar las iras de los autores posesivos.
Las trasnformaciones a través de criterios
matemáticos (procedimientos mecánicos que excluyen
a priori
la intención de individualizada o concreta del
"re-escritor", más allá de la voluntad de apretar la
tecla "enter" o hacer click con el ratón. De este modo, que se
sepa, ningún autor le ha pedido cuentas a un autor que haya
transformado un texto a través de un procedimiento oulipiano.
Desde esta perspectiva, la intercalación (sin obedecer a
parámetros mecánicos) de fragmentos extensos de autores
ajenos, no declarados es la práctica intertextual, que presenta
más riesgos de ser calificada de plagio.

"La
propiedad intelectual amenaza la creatividad artística y el
progreso científico y tecnológico". Esto es,
fundamentalmente, lo que opinan los detractores de unos derechos
de autor absolutos. Fuera del dominio estético, y desde un punto
de vista estrictamente ético, las patentes en poder de las
multinacionales farmaceúticas, que podrían mitigar o
incluso acabar con las grandes pademias de nuestra era, no resisten la
lógica implacable de las estadísticas de mortandad de dos
tercios de nuestro planeta. El denominada "brecha digital" tiene mucho
que ver en el hecho de que el
Tamiflu®
sea propiedad de una farmaceútica de accionariado anónimo
(el "accionariado popular" en terminos liberales), y no sea accesible a
la mayoría de la población que podría necesitar
este medicamento. La lucha del peruano Patarroyo por encontrar
financiación y por posibilitar la fabricación gratuita de
una vacuna contra la malaria, se convirtió indirectamente
en un cuestionamiento insoslayable de la dimensión
política (desde la más amplia etimología del
término) de la Propiedad Intelectual..
La propiedad intelectual hunde sus raíces en
la sanción moral por parte de la sociedad, que define y
reglamenta de este modo una serie finita de comportamientos e
intercambio autorizados entre sus miembros. No siendo
la propiedad artística más que la aplicación
en el dominio estético de esta reglamentación a la obra
de arte en cuanto
materialidad y producto (posesión y derecho de
reproducción y uso), y en cuanto extensión de la
personalidad del artista (derecho moral de autor), el autor que viola
la sacrosanta propiedad del Autor, se ve automáticamente
excluido de la gloria literaria, es decir del mercado simbólico
de la Literatura. No necesariamente se persigue judicialmente a un
escritor plagiario, la condena (moral) puede sencillamente apartarle de
los circuitos de reconocimiento de sus pares. Cuando un escritor quiere
verdaderamente hacer daño a otro, nada es más terrible
que acusarlo de plagiario. Ésta es la forma que eligieron
ciertos escritores de la generación del 98 para expulsar al
pobre de Benito Pérez
Galdós (al que llamaban el
Garbancero)
del Parnaso español. Lo acusaron de "plagiar" a Balzac
(impropiamente, se debería hablar más precisamente de
"imitación" o "emulación"). Una acusación puede
destruir la reputación de un autor. O no
: Ana Rosa Quintana,
la popular presentadora española, sigue en la cresta de la ola
mediática con varios programas de televisión e incluso la
dirección de una revista, después de hacer el
ridículo con un libro, escrito para mayor escarnio por un
"negro", que reutilizaba párrafos enteros de A. Mastretta y D.
Steele. (Quizás porque no se dedica a la
Gran Literatura, sino al
Gran Espectáculo de Masas, donde rigen otros criterios de sinceridad y verosimilitud ¿Soportaríamos un
Diario de Ana Frank, fruto de un plagio, o de la superchería de autor inventado?).
Lo convecional del estatuto de la obra
artística, el innegable mercantilismo de las redes de
producción y distribución editorial y, por otra parte, el
carácter indiscutiblemente comunitario y colectivo del
lenguaje han contribuido a que la crítica de la propiedad
intelectual adquiera un cariz decididamente político y
constestatario. En resumidas cuentas, no uno no se rebela contra la
imposibilidad de tomar en concreto un personaje de un novelista
determinado, se protesta, en general, contra un sistema
totalizante que hace de los derechos (adquiridos) sobre la obra
artística, el mecanismo que cimenta el todopoderoso mercado que
reduce e impone la "oferta cultural". A nadie le extraña, por
ejemplo, que para la mayoría del público (en
términos absolutos) Esmeralda no muera en
Nuestra Señora de Paris
versión Disney Corporation®. Este hecho puede parecer banal,
pero es una de las violaciones más graves que se pueden cometer
en materia de Derecho Moral de Autor (que, por cierto, no precribe y es
inalienable). En términos artísticos, no se puede
concebir fechoría más inicua o perversa que cambiar en
"happy ending" la historia de la
Sirenita de H. C. Andersen o de la
Iliada (como hace la producción holliwoodiense
Troya).
Desde que existe el concepto de Propiedad
Artística, desde sus implícitos comienzos, antes incluso
de su codificación teórica o jurídica,
siempre ha tenido éste sus detractores. Podemos oponer
Séneca a Horacio, Erasmo a Escalígero o, incluso, en
muchos autores encontraremos las dos actitudes contradictorias. Charles
Dickens fue un encarnizado defensor de los Derechos de Autor y un
inconfesable plagiario. Nada hay más significativo que los
críticos y escritores que denuncian los "delitos" ajenos y luego
son acusados por las mismas razones. Más aún, en los no
numerosos estudios sobre (o más a menudo contra) el plagio
produce rubor el uso indiscriminado de citas no explícitas, de
fuentes ocultadas y de acusaciones de plagio que se repiten sin
siquiera consultar las obras en cuestión. Esta ambigüedad
se encuentra también en los mismos detractores de la Propiedad
Intelectual. Entre los autores del
catálogo de Plagiarismo,
una exposición celebrada recientemente en Madrid, concebida como
una apología del plagio en las artes y en las ciencias,
encontramos quienes reivindican un
copyright
tradicional para los textos que refutan la existencia real del mismo
(otros, un poco más consecuentes, únicamente piden ser
citados correctamente y que no se haga un uso lucrativo de estas citas,
con lo que sólo renuncian a una parte de sus derechos).
El
copyfight, versión radical de la relativización del
copyright que propone el
copyleft,
cuenta en la actualidad con numerosos partidarios. En los EEUU,
posiblemente debido a la hegemonía
cultural que ejerce este país de manera muy
visible y con anterioridad al resto de naciones, la cuestión ha
suscitado no poco debate y obras
polémicas, y determinados textos han abanderado la lucha contra
una concepción absoluta de los derechos de autor: Para muestra, el "
Manifiesto a favor del plagio" de
El libertario (
E-zine, que se autodenomina "periódico de los movimientos sociales antagonistas de América Latina"), o
Free culture,
de Lawrence Lessig, es posiblemente el texto más conocido y
difundido (
versión en español de Antonio Córdoba en
Elástico.net).
Criticados como defensores de una suerte de utopismo anacrónico,
los defensores del copyfight arguyen razones humanitarias, y
señalan evidencias objetivas que, en su opinión, muestran
una evolución irrevocable hacia una (re)utilización no
limitada ni jerarquizadas de las obras intelectuales, entre ellas las
artísticas. El combate sigue abierto.